EN EL ESPEJO
No tiene ningún sentido. He dedicado cada instante de cada día para estar preparada. He seguido a los mejores maestros, he pulido mis habilidades y practicado hasta la extenuación. He sudado, gritado y llorado. Este crisol me ha permitido acariciar la perfección, y sigue sin ser suficiente. ¿No soy suficiente?
Hoy me enfrento a una batalla predestinada. Me han inculcado que marcará el resto de mi vida y no puedo respirar. Me ahogo en el mar de mi futuro incierto, que no soy capaz de controlar. Buscando algo de aire, miro frenética en derredor hasta que me veo a mí misma. Mi fiel espejo no me miente, me muestra un animalillo acorralado: ojos demasiado abiertos, mejillas demasiado pálidas, dientes demasiado apretados.
Intento que mi reflejo recupere la calma. Empiezo a fijarme en lo que sí me gusta, como el look que he elegido para hoy; si voy a luchar, mejor con estilo. Admiro la cascada que se derrama sobre mis hombros recordándome que fluya libre. Acaricio un momento el colgante que brilla con el cariño de quien me lo regaló. Y hay ojeras, sí; significa que me importa y estoy lista. Me voy sintiendo más en control, pero hay algo que aún me impide salir del lago de mis emociones y volver a coger aire.
Es entonces cuando descubro un destello sugerido por mi espejo que no encuentro en mi lado de la realidad. Acabo de encontrar las cadenas que me sujetan y asfixian. La primera parece antigua, con eslabones gruesos y oxidados. Me resulta familiar, como si llevase cargando con ella años y años. Me sujeta la frente y tira hacia abajo, impidiendo que eche a volar. Pruebo a tocar su reflejo y topo con el cristal, pero oigo lo que me quiere decir:
-No vales para esto.
Disparadas en el aula, son las crueles palabras de alguien que, no estando a la altura, optó por hundir a una niña para quedar por encima. Se enquistaron en mis recuerdos, tiñiéndolos de renuncia. Ahora las dejo ir, ahora sé que solo yo decido cuánto y para qué valgo.
Mi imagen comienza a sonreír. Ahora alza la mirada buscando nuevos horizontes y se siente más ligera al ver desaparecer la cadena. Aun así, me muestra la siguiente.
Va de muñeca a muñeca, impidiéndome actuar. Luce un suave tono plateado con estilizados elementos entrelazados entre sí. Es hermosa, porque la he forjado yo. En cierto modo estoy orgullosa de ella. Reconozco al momento que se trata de mi propia exigencia, esa que me lleva a mejorar y perseverar; igual que a frustrarme y sentirme perdida. Me ha dado triunfos y nervios, y me cuesta separar lo uno de lo otro. Aunque, después de tanto perfeccionamiento y experiencia, supongo que no hay demasiadas razones para llenarme de incertidumbre. En las pocas ocasiones que he tropezado, siempre he sabido alzarme de nuevo, erguida y resuelta. Recibo esta perspectiva con los brazos abiertos, porque ahora solo hay unos pocos aros que conforman una delicada pulsera adornando mi muñeca.
Toca liberar las piernas, constreñidas por una gruesa soga metálica. Intento dar un paso y compruebo que es la presión social la que me impone ciertos roles y exigencias que ensucian mi avance. La reviento con una patada cargada de desdén; tengo demasiada clase y nivel para dejarme arrastrar por los prejuicios de otros.
Al fin, inspiro disfrutando del alivio que es respirar sin más. Giro sobre mí misma como la sirena que nada hasta la superficie, libre ya del ahogo abisal. Doy algunos pasos tentativos por la habitación, empapándome de los vivos colores que brillan de nuevo a mi alrededor. Pero, no sé por qué, soy incapaz de abrir la puerta y volver al mundo. Nace una duda insidiosa que me lleva a consultar el espejo una última vez.
Mi corazón da un salto y se detiene unos instantes. Mi otro yo me devuelve la mirada llena de angustia y pavor. Retorcidos zarcillos de humo negro atenazan mi pecho. Paralizada de puro terror, pierdo las riendas de mis pensamientos.
No puedo. Fracaso. Decepción. No llega la nota, no doy la talla. No podré elegir, me quedo sin camino. Me dejé la piel y los sueños para que otros me juzguen y rechacen. ¿Qué seré si no soy lo que aspiro a ser?
Seguiré siendo yo. Seguiré luchando y creciendo y viviendo; y pienso disfrutar de cada paso.
Recupero el control de mi mente y esa oscuridad que atraviesa mi seno ya no resulta tan amenazante. La reconozco como mi miedo al futuro, que es lo mismo que asustarse por algo que no es real más allá de los confines de mi traidora imaginación. Con deliberada calma, soplo suavemente y la negrura inconsistente se esfuma como la nada que es.
Ya nada me retiene. Con la mirada alegre y el paso vivo, marcho decidida a bordar el examen.
Por Carlos A. Bustos Herranz